Navidad

En Argentina, la Navidad, se festeja el 24 a la noche. A las 12, se brinda con champagne, o sidra, y se dice  “Feliz Navidad!” con el mismo entusiasmo que se dice “Feliz año nuevo”. Se levanta la copa, se mira a los ojos y se viene el abrazo. Y en esos pocos minutos en los que se saluda a los más cercanos se siente igualmente la fuerza del “otra vez juntos” y la tristeza de todos los que ya no están. Como todas las cosas en casa, la Navidad se celebra desde el corazón.

Por eso, cuando estamos en extrangia, la carne al horno con papas nos sabe a hielo. No tiene el olorcito de Los cachetes tu sobrino, ni la protección del abrazo de tu Viejo. La navidad, para el exiliado, es uno de los días más tristes del año.

Desde el año pasado, decidí celebrar la nochebuena con el ghetto en casa. En el ghetto, todos sabemos lo que es sobrevivir sin las charlas diarias con las hermanas, y que nuestros hijos crezcan con el regaloneo cibernético de tíos y abuelos. Que no tengan quien los venga a ver al acto del colegio. Que se pierdan el amor infinito, el incondicional. Sabemos lo que duele la distancia, la ausencia, no importa por cuánto tiempo haya pasado. Brindamos, nos miramos a los ojos y sabemos.

Y así, casi sin darnos cuenta, la historia se repite.

¡Salud! Por la familia, y por la elegida.

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La tercera, ya vencida

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Liila: como toda primogénita, tiene una madre que le exige más, porque es la más grande. Es la que más estimulada estuvo, gracias a un reinado tiránico pleno de dos años y un poco. Si bien es bastante tímida, le encanta florearse y destacarse. Por eso, Liila habla español casi perfectamente. En particular, siempre me habla en español a mí, porque sabe que me puede, sabe que me llena de amor. Y claro, también para sentirse superior a

Bianca: si bien salió de mi panza (tengo un video para probarlo) me parece que esta nena llegó de marte. Vive en un mundo propio, envidia de todos los mortales. Pasa de ser “filociraptor” a “batbatvampirecat” (una especie de gato con alas, colmillos de vampiro y cola con una bola pinchuda al final. Lo sé, porque me lo dibujó un día). De vez en cuando conecta con esta tierra, y nos mira a los ojos, y nos habla. Sería demasiado pedir que me hable en español. Aunque se lo repito, cada vez: “Bianca, a mí hablame en español” “Bianca, ¿por qué me estás hablando en inglés?”. “Uy, perdon, mami”, me dice rápidamente. “Lo que pasa es que lo que te quería decir… oh, I forgot!”. Pobre, ella lo intenta. La mayoría del tiempo, lo logra. Y no es nada a comparación de

Matilda: la tercera, ya me agarró vencida. No hay forma de que me hable una frase entera en español, a pesar de que le taladro el cerebro todo el día. Hasta me hace pasar verguenza en mis clases, haciéndome decir las cosas tres veces antes de repetirlas (en casa de herrero…). Pero claro, algunas palabras en español si usa. Usa verbos. Y yo elijo ponerme contenta. Pero a la hija de la profesora de español se la ha escuchado decir: “I romped it, mami!” (lo rompí), “Can I pis on it, mum?” (¿lo puedo pisar?) y como si esto fuera poco, ha hecho ruborizar a varios con su “sac it off, mami!” (sacamelo, mami). Así que ajustense los cinturones. Porque me parece que, de las tres, esta es la que más guión me va a dar.

Del otro lado

Y así pasaron tres años.

De noches interrumpidas. De tetas, de pañales. De celos de hermanas. De aprender a balancear, a repartir, a organizar, a que alcancen las horas de los días y de las noches. De morirse de amor, de sueño, de ganas.

Y aquí estoy, del otro lado.

De a poco, durmiendo mejor, intentando ganar cordura. MUY de a poco. Recuperando espacios, generando proyectos, tratando de ver si me acuerdo quién era. Todavía no lo tengo muy claro, pero se me hace que me va a gustar lo que descubra.

Eso, hola de nuevo. Tengo muchas ganas de escribir. Espero que tengan ganas de leerme.

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Reality Check

Me enorgullecen muchas cosas de mis hijas, casi tantas como las que me vuelven loca. Pero por lejos, lo que más me enorgullece es su español. Todos los días recibo comentarios de gente que me dice lo bien que lo hablan, lo hermoso que es que crezcan siendo bilingües.

Pero el otro día, volviendo del zoológico, me dí cuenta de que todavía me queda mucho trabajo por hacer.

Había sido un día larguísimo, que comenzó temprano, junto con unas amigas y con el resto de Melbourne, al que se le ocurrió justo la misma idea de entretener a los enanos con animales el último día de las vacaciones de verano. Estábamos todas exhaustas, pero más que nadie la pobre Matilda, que no pudo dormir ni una de todas sus siestas en su moisés, y después de dejar a las amiguitas en su casa, se puso a llorar como una marrana, todo el camino a casa…

Probamos cantarle diferentes canciones, ponerle el chupete, ignorarla… y nada. Y fue entonces que Bianca, que tiene la paciencia de una niña de tres años, le gritó “¡Pará llorando, Matilda!”, a lo que Liila le respondió “¿No ves que no lo puede ayudar, Bianca?”.

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¿El sexo qué?

Es lunes. Ayer volvimos a casa del hospital con Matilda. En medio del caos del adaptarnos a ser una familia de cinco, logro robar cinco minutos para mí, para darme una ducha. En mi baño, en mi casa.

Toda madre sabe que una ducha, lo que para todo mortal es algo rutinario y hasta tedioso, una vez que hay niños dando vueltas se convierte en un lujo, en tiempo “para una”: El agua caliente corre por mi cuerpo y yo me quedo quietita, disfrutando el masaje.

Al salir, por primera vez en unas semanas, puedo secarme los pies sin ayuda. Distraída me seco el resto del cuerpo, hasta que descubro mi reflejo en el espejo del botiquín. Examino mi imagen de a poco, ese cuerpo que es mío pero al que le han pasado tantas cosas que parece ajeno, como si fuese un cuerpo alquilado mientras ocurre la metamorfosis de embarazada a puérpera, de puérpera a mujer normal. Mis pies nunca estuvieron tan hinchados. De ellos crecen mis pantobillos, o tobirrillas (¿cuál sería la mejor traducción de “canckles”?) seguidos por mis muslos, en los que descubro los pinchazos del anticoagulante que me inyectaban en el hospital cada noche. Justo arriba de mi pubis, como la sonrisa de Frankenstein, aparece mi herida, de muslo a muslo. Esta es particularmente grotesca, ya que no me la suturaron con puntos invisibles, sino que me la “unieron” con unos broches metálicos muy similares a los de una abrochadora.  Al verla, vuelve la sensación de tironeo, de sacudón, vuelven las imágenes que filmó Dave de la carita de Matilda asomándose, mientras alguien casi literalmente me saltaba encima para ayudar a que salga el resto de su cuerpecito… Sobre el corte, mi vientre inerte, flácido, con mis entrañas todavía inflamadas y revueltas. Ese vientre que fue objeto de tanta atención, mimos, besos, al que yo vestía para que se note y que me llenaba de orgullo.  Ese vientre desde el cual compartía el secreto de los bailes Matilda, que aunque ya al final se hubiesen hecho dolorosos por falta de espacio, siempre me llenaban de amor y alivio. Ahora es un saco vacío, al que lucho por esconder de alguna manera con ropa suelta. Sobre el vientre, mis pechos. Siempre fui “pechugona”, pero esto ya es ridículo: mis tetas tienen cinco veces el tamaño de la cabeza de la bebé. Pero lo peor no es su peso, sino el sentirlos afiebrados, doloridos y sensibles. Mis brazos parecen ser el único vestigio de mi antiguo cuerpo, hasta mi cara tiene granos provocados por las drogas.

Hace un rato mi cuerpo estaba creando a otra persona. Y desde entonces le está y le estará proveyendo sustento.

Y no puedo dejar de preguntarme como sucedió, de dónde viene, a quién se le ocurrió la ridiculez de describirnos como el sexo débil…