Reality Check

Me enorgullecen muchas cosas de mis hijas, casi tantas como las que me vuelven loca. Pero por lejos, lo que más me enorgullece es su español. Todos los días recibo comentarios de gente que me dice lo bien que lo hablan, lo hermoso que es que crezcan siendo bilingües.

Pero el otro día, volviendo del zoológico, me dí cuenta de que todavía me queda mucho trabajo por hacer.

Había sido un día larguísimo, que comenzó temprano, junto con unas amigas y con el resto de Melbourne, al que se le ocurrió justo la misma idea de entretener a los enanos con animales el último día de las vacaciones de verano. Estábamos todas exhaustas, pero más que nadie la pobre Matilda, que no pudo dormir ni una de todas sus siestas en su moisés, y después de dejar a las amiguitas en su casa, se puso a llorar como una marrana, todo el camino a casa…

Probamos cantarle diferentes canciones, ponerle el chupete, ignorarla… y nada. Y fue entonces que Bianca, que tiene la paciencia de una niña de tres años, le gritó “¡Pará llorando, Matilda!”, a lo que Liila le respondió “¿No ves que no lo puede ayudar, Bianca?”.

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¿El sexo qué?

Es lunes. Ayer volvimos a casa del hospital con Matilda. En medio del caos del adaptarnos a ser una familia de cinco, logro robar cinco minutos para mí, para darme una ducha. En mi baño, en mi casa.

Toda madre sabe que una ducha, lo que para todo mortal es algo rutinario y hasta tedioso, una vez que hay niños dando vueltas se convierte en un lujo, en tiempo “para una”: El agua caliente corre por mi cuerpo y yo me quedo quietita, disfrutando el masaje.

Al salir, por primera vez en unas semanas, puedo secarme los pies sin ayuda. Distraída me seco el resto del cuerpo, hasta que descubro mi reflejo en el espejo del botiquín. Examino mi imagen de a poco, ese cuerpo que es mío pero al que le han pasado tantas cosas que parece ajeno, como si fuese un cuerpo alquilado mientras ocurre la metamorfosis de embarazada a puérpera, de puérpera a mujer normal. Mis pies nunca estuvieron tan hinchados. De ellos crecen mis pantobillos, o tobirrillas (¿cuál sería la mejor traducción de “canckles”?) seguidos por mis muslos, en los que descubro los pinchazos del anticoagulante que me inyectaban en el hospital cada noche. Justo arriba de mi pubis, como la sonrisa de Frankenstein, aparece mi herida, de muslo a muslo. Esta es particularmente grotesca, ya que no me la suturaron con puntos invisibles, sino que me la “unieron” con unos broches metálicos muy similares a los de una abrochadora.  Al verla, vuelve la sensación de tironeo, de sacudón, vuelven las imágenes que filmó Dave de la carita de Matilda asomándose, mientras alguien casi literalmente me saltaba encima para ayudar a que salga el resto de su cuerpecito… Sobre el corte, mi vientre inerte, flácido, con mis entrañas todavía inflamadas y revueltas. Ese vientre que fue objeto de tanta atención, mimos, besos, al que yo vestía para que se note y que me llenaba de orgullo.  Ese vientre desde el cual compartía el secreto de los bailes Matilda, que aunque ya al final se hubiesen hecho dolorosos por falta de espacio, siempre me llenaban de amor y alivio. Ahora es un saco vacío, al que lucho por esconder de alguna manera con ropa suelta. Sobre el vientre, mis pechos. Siempre fui “pechugona”, pero esto ya es ridículo: mis tetas tienen cinco veces el tamaño de la cabeza de la bebé. Pero lo peor no es su peso, sino el sentirlos afiebrados, doloridos y sensibles. Mis brazos parecen ser el único vestigio de mi antiguo cuerpo, hasta mi cara tiene granos provocados por las drogas.

Hace un rato mi cuerpo estaba creando a otra persona. Y desde entonces le está y le estará proveyendo sustento.

Y no puedo dejar de preguntarme como sucedió, de dónde viene, a quién se le ocurrió la ridiculez de describirnos como el sexo débil…

Matilda

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Si, ya llegó a nuestras vidas. Es una de las razones por las cuales hace tanto que no escribo: todavía estoy sumida en la niebla de los calmantes de la cesárea, la falta de sueño, los cambios de pañales y las tetas del alba, las hormonas que me llevan desde el séptimo cielo a querer cocinar a mi marido al spiedo. Pero por sobre todas las cosas, hay algo que me toma  mucho tiempo: mirar esa carita preciosa, chiquita y perfecta, que todavía no sabe sonreír a voluntad y que mira todo con una mezcla de curiosidad y paz, incluso a esas dos enanas que se la pasan alrededor de ella acariciándola, besándola, agarrándole la manito, repitiendo una y otra vez “¡Matilda, Matilda! ¡Cuánto de amo! ¡Qué hermosa que sos!”

Tengo muchas cosas de las que quiero escribirles. Denme un chancui y ténganme paciencia, que esa carita crece a una rapidez casi palpable, y esta si que es la última, y no quiero perderme un segundo.

Matilda envuelta en una mantita

bollo de amor

Últimas noches antes de la bebé

Acostadas Bianca y yo en su cama (la cama de abajo de la cucheta), yo intentando de que se duerma, y sabiendo que es un mal hábito, pero al que le quedan pocos días…

Bianca: -Mami, en el Wizard of Oz hay árboles con pelo de manzana que hablan malo.

Yo: -Sí, pero no pienses en ellos. A dormir.

(Murmullos varios, movimientos. Al ratito)

B: -Mami, si me hago pis en la bombacha, el pis va al piso?

Y: -Si. Shh, a dormir.

(Más murmullos. Distingo Twinkle Twinkle entre ellos. Al rato)

B: -Mami, no nos vamos a morir.

Y: -No hija, quedate tranquila. A dormir.

(Medley murmurado de Twinkle Twinkle, Let it go y Jingle Bells. Al rato)

B: -Mami, ¿qué es ardilla eneneinglés?

Y: -Squirrel. A dormir.

(Más murmullos. Muchas repeticiones de “squirrel, ardilla”. Al rato)

B: -Mami, el auto no se va a romper.

Y: -No, no te preocupes. Es hora de dormir…

(Murmullos y más murmullos. Al rato)

B: -Mami, cuando yo crecí y soy solita, quiero ser una jirafa en el Wizard of Oz. ¿Por qué no hay jirafas en el Wizard of Oz?

Me vuelven absolutamente loca, pero voy a extrañar sus delirios de antes de dormir…

Bianca

Bianca Bella

El Ghetto

Así le llama la Leti a nuestro grupete de Argentinos… no somos la primer cultura que lo inventamos ni la única que lo necesita, pero hay que decirlo: es fundamental para sobrevivir la vida (sobre todo con hijos) en extrangia.

Cuando yo llegué a Melbourne, allá por el 2009, me sentí muy en casa desde un principio. Después de 5 años en Inglaterra, en donde SIEMPRE me sentí sapo de otro pozo, aterricé en el oeste del Wesgate, en donde mi multiculturalidad no sólo no era un problema, sino que además generaba simpatía y curiosidad. Mis primeras amigas fueron australianas, norteamericanas, canadienses… hermosas todas y me ayudaron a sobrevivir ese primer año de recién llegada con una beba de 6 meses. Después nos mudamos de barrio, conocí a más mujeres y familias hermosas, escocesas, galesas, irlandesas, australianas… y alguna que otra familia latina, pero que hace muchos años que viven acá y entre ellos y a sus hijos ya les hablan en inglés, penita pena.

Pero no fue sino hasta que María, la mamá de Leti, vino a iluminarme una clase de español de las que yo daba en Pampered Mummies que no terminé de sentirme en casa. Ella venía con su nieta, la bella Rocío, y se acercó a hablarme después de la clase. No cupe en mi de la alegría cuando me dijo que si hija no sólo era argentina, sino cordobesa, casada con un cordobés, y con amigos cordobeses… pero incluso entonces no sabía lo indispensable que se me iba a hacer este grupo, no sólo para mí, sino para las nenas.

El tener un grupo de gente al que hay muchas cosas que no hace falta explicarles. El que el beso y el abrazo sean parte del hola que tal. El que la desesperación por el mate calentito se sienta apenas nos sentamos a charlar. El que sea normal verse a diario, si se da el caso.  Que se pueda moquear si da hablar de algo que duele, y que no te miren raro. El que cualquier charla sea motivo para empezar a cantar y bailar canciones de Luis Miguel o Palito Ortega del año del jopo, o jingles de Tubby 3 y Tubby 4. Que no haga falta pedir favores porque te ofrecen lo que te hace falta antes de que puedas pedirlo. El que los adultos jueguen con los chicos (mejor dicho, las chicas, ¡todos tenemos nenas!) como hay que jugar, desde un punto de vista de chico, desde el piso y haciendo el pavo. Escucharlas jugar en castellano, y a veces hasta con tonada cordobesa. Que tengamos amor suficiente para enseñarles cosas y preocuparnos por hijos ajenos como si fueran propios. Que nuestras hijas no vean las horas de jugar juntas. Ver que mis hijas se “enamoran” de un papá argentino. Y que me digan, apenitas dejamos al grupo en el parque, “Mami, cuándo vamos a ver a los argentinos de nuevo?”

Desde que conocí a Leti y al resto de los del grupo siento por fin que tengo familia australiana. Y eso no tiene precio. Hasta me aceptan que tenga marido gringo. Hemos dejado que se infiltren al grupo algunos porteños (qué le vamos a hacer, son muchos y algunos hasta se dejan querer y ceban mates ricos). Me pregunto si María sabe el impacto que tuvo en mi vida. Les debo taaanto a todos… y lo recomiendo. Si vivís en extrangia y no tenes un ghetto todavía, hacete de uno. Si no lo hacés por vos, hacelo por el español de tus hijos: nada más estimulante para hablar un idioma que hacerse amigos que lo hablan.

Las mujeres del ghetto

Las mujeres del Ghetto (menos Mariana) mujereando por Daylesford hace unas semanas