Cava y chocolate

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Las bellas durmientes

En noches como la de hoy, la única forma de sobrevivir es darle al cava y al chocolate.

Después de haber pasado una semana en lo de mi suegra amontonadísimos en su casa de 3 dormitorios (9 adultos, 2 nenas, 2 bebas de un año, un perro y un gato) no es de sorprenderse que mis hijas tengan su reloj biológico completamente confundido. La emoción y la anticipación de la navidad fue la primera razón por la cual se quedaron despiertas hasta las tantas. De ahí en más fue como una competición, a ver cuál de las cuatro se quedaba despierta hasta más tarde.

Durante esos días que no estábamos en casa y que estaban disfrutando de la atención de las tías y de los juegos con las primas, Dave y yo no nos preocupamos mucho por mantener el horario de ir a la cama, pero ahora que ya volvimos, las trasnochadas de las enanas me están volviendo loca… y el hecho de que hoy hizo 43 grados de calor – sin exagerar –  y la pieza de las nenas es un sauna tampoco ayuda.

Las experiencias de estas últimas noches me hicieron pensar, y me tuve que reír de mi misma. Cuando estaba embarazada de Liila, le decía a todo aquel que quisiese escuchar que yo, al venir de Argentina y tener una cultura en la que los niños se van a dormir cuando tienen sueño, y salen con sus padres a restaurantes y se quedan despiertos hasta las dos de la mañana, iba a resistirme a las costumbres sajonas y no pensaba seguir ninguna “bedtime routine”, ya que me parecía que tenia más que ver con que los padres querían tener tiempo sin sus hijos que con la necesidad de dormir de los chicos… ¡la de idioteces que uno dice como madre primeriza, la de palabras que tiene que comerse!

Mis hijas comen a las 6, entre las 6:30 y las 7 se dan un baño o una ducha, después 2 cuentitos, cepillado de dientes, pis y a la cama a las 7:30 u 8 a más tardar. Más rutinario imposible, más sajón ponele gravy. Y en cuanto a necesitar tiempo sin mis hijas, yo las amo mas que a nada en esta tierra, pero si no fuera por esas dos o tres horitas sin ellas cada noche no quiero ni pensar lo que sería de mi salud mental (y no es que esté requete saludable mi mente, justamente).

Volviendo a esta noche, después de muchos intentos (vuelta en el auto, una en su pieza y la otra en la nuestra, las dos solas en su pieza, etc., etc.) logré que la menor se durmiera, pero la tengo a Liila acostada al lado mío en el sillón, mirando la tele sin sonido. Y casi al borde de la locura, le doy al cava, y cuando Liila no mira, al chocolate.

Y me pregunto: ¿Cómo hacen las mamás en Latinoamérica, en España, en Italia, en todos los países latinos para sobrevivir a las trasnochadas de sus hijos?

La única respuesta que encontré hasta ahora es que tienen la ayuda de la familia y de los amigos, que aman a sus hijos “infinito” (como dice el hijo de unos amigos míos muy queridos) y que les sacan a los hijos de las manos, los llevan al cine, juegan con ellos, les enseñan monerías… y nosotras acá, en esta extrangia, solitas, tenemos que apechugar y pelearla. Y a veces en esa lucha les robamos un poco de cultura materna y adoptamos la costumbre que nos ayude a mantener la cordura…

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