El Ghetto

Así le llama la Leti a nuestro grupete de Argentinos… no somos la primer cultura que lo inventamos ni la única que lo necesita, pero hay que decirlo: es fundamental para sobrevivir la vida (sobre todo con hijos) en extrangia.

Cuando yo llegué a Melbourne, allá por el 2009, me sentí muy en casa desde un principio. Después de 5 años en Inglaterra, en donde SIEMPRE me sentí sapo de otro pozo, aterricé en el oeste del Wesgate, en donde mi multiculturalidad no sólo no era un problema, sino que además generaba simpatía y curiosidad. Mis primeras amigas fueron australianas, norteamericanas, canadienses… hermosas todas y me ayudaron a sobrevivir ese primer año de recién llegada con una beba de 6 meses. Después nos mudamos de barrio, conocí a más mujeres y familias hermosas, escocesas, galesas, irlandesas, australianas… y alguna que otra familia latina, pero que hace muchos años que viven acá y entre ellos y a sus hijos ya les hablan en inglés, penita pena.

Pero no fue sino hasta que María, la mamá de Leti, vino a iluminarme una clase de español de las que yo daba en Pampered Mummies que no terminé de sentirme en casa. Ella venía con su nieta, la bella Rocío, y se acercó a hablarme después de la clase. No cupe en mi de la alegría cuando me dijo que si hija no sólo era argentina, sino cordobesa, casada con un cordobés, y con amigos cordobeses… pero incluso entonces no sabía lo indispensable que se me iba a hacer este grupo, no sólo para mí, sino para las nenas.

El tener un grupo de gente al que hay muchas cosas que no hace falta explicarles. El que el beso y el abrazo sean parte del hola que tal. El que la desesperación por el mate calentito se sienta apenas nos sentamos a charlar. El que sea normal verse a diario, si se da el caso.  Que se pueda moquear si da hablar de algo que duele, y que no te miren raro. El que cualquier charla sea motivo para empezar a cantar y bailar canciones de Luis Miguel o Palito Ortega del año del jopo, o jingles de Tubby 3 y Tubby 4. Que no haga falta pedir favores porque te ofrecen lo que te hace falta antes de que puedas pedirlo. El que los adultos jueguen con los chicos (mejor dicho, las chicas, ¡todos tenemos nenas!) como hay que jugar, desde un punto de vista de chico, desde el piso y haciendo el pavo. Escucharlas jugar en castellano, y a veces hasta con tonada cordobesa. Que tengamos amor suficiente para enseñarles cosas y preocuparnos por hijos ajenos como si fueran propios. Que nuestras hijas no vean las horas de jugar juntas. Ver que mis hijas se “enamoran” de un papá argentino. Y que me digan, apenitas dejamos al grupo en el parque, “Mami, cuándo vamos a ver a los argentinos de nuevo?”

Desde que conocí a Leti y al resto de los del grupo siento por fin que tengo familia australiana. Y eso no tiene precio. Hasta me aceptan que tenga marido gringo. Hemos dejado que se infiltren al grupo algunos porteños (qué le vamos a hacer, son muchos y algunos hasta se dejan querer y ceban mates ricos). Me pregunto si María sabe el impacto que tuvo en mi vida. Les debo taaanto a todos… y lo recomiendo. Si vivís en extrangia y no tenes un ghetto todavía, hacete de uno. Si no lo hacés por vos, hacelo por el español de tus hijos: nada más estimulante para hablar un idioma que hacerse amigos que lo hablan.

Las mujeres del ghetto

Las mujeres del Ghetto (menos Mariana) mujereando por Daylesford hace unas semanas

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