Matilda

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Si, ya llegó a nuestras vidas. Es una de las razones por las cuales hace tanto que no escribo: todavía estoy sumida en la niebla de los calmantes de la cesárea, la falta de sueño, los cambios de pañales y las tetas del alba, las hormonas que me llevan desde el séptimo cielo a querer cocinar a mi marido al spiedo. Pero por sobre todas las cosas, hay algo que me toma  mucho tiempo: mirar esa carita preciosa, chiquita y perfecta, que todavía no sabe sonreír a voluntad y que mira todo con una mezcla de curiosidad y paz, incluso a esas dos enanas que se la pasan alrededor de ella acariciándola, besándola, agarrándole la manito, repitiendo una y otra vez “¡Matilda, Matilda! ¡Cuánto de amo! ¡Qué hermosa que sos!”

Tengo muchas cosas de las que quiero escribirles. Denme un chancui y ténganme paciencia, que esa carita crece a una rapidez casi palpable, y esta si que es la última, y no quiero perderme un segundo.

Matilda envuelta en una mantita

bollo de amor

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