Reality Check

Me enorgullecen muchas cosas de mis hijas, casi tantas como las que me vuelven loca. Pero por lejos, lo que más me enorgullece es su español. Todos los días recibo comentarios de gente que me dice lo bien que lo hablan, lo hermoso que es que crezcan siendo bilingües.

Pero el otro día, volviendo del zoológico, me dí cuenta de que todavía me queda mucho trabajo por hacer.

Había sido un día larguísimo, que comenzó temprano, junto con unas amigas y con el resto de Melbourne, al que se le ocurrió justo la misma idea de entretener a los enanos con animales el último día de las vacaciones de verano. Estábamos todas exhaustas, pero más que nadie la pobre Matilda, que no pudo dormir ni una de todas sus siestas en su moisés, y después de dejar a las amiguitas en su casa, se puso a llorar como una marrana, todo el camino a casa…

Probamos cantarle diferentes canciones, ponerle el chupete, ignorarla… y nada. Y fue entonces que Bianca, que tiene la paciencia de una niña de tres años, le gritó “¡Pará llorando, Matilda!”, a lo que Liila le respondió “¿No ves que no lo puede ayudar, Bianca?”.

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