Disciplina

Bianca

Bianca Bella, mi duende feliz

 

Yo siempre he sostenido que los hijos vienen a nuestra vida a enseñarnos. Uno juega a que les enseña a ellos, y somos nosotros los enriquecidos.

Desde hace un par de meses, Bianca está en la etapa “loro”, repitiendo todo lo que escucha. Es una delicia verla usar palabras con sentido por primera vez, como cuando mece vigorosamente la sillita en la que se encuentra Manon (de 3 meses) al canto de “¡Darling, darling!”, o cuando se rehusa a ponerse un vestido que yo muero por que use gritando “¡No, no uta mami!”.

Pero lo que sucedió el otro día me demostró que no sólo lingüísticamente la está teniendo muy clara.

Liila, como buena primogénita, nos agarró sin manual y sin experiencia. Con ella, hemos ido decidiendo y haciendo en la marcha, a medida que era necesario, y con la infalibilidad de lo que dice Marina, la mamá de una amiga: “Vení, nena, que te hago un trauma”. Así la desteté, así intentamos disciplinarla. La disciplina fue (y es) un gran desafío, sobre todo por encontrar un método que funcione y con el que uno esté filosóficamente de acuerdo. Después de investigaciones y pruebas, decidimos que el pedirle que deje de hacer algo con una consecuencia tenía sentido, siempre y cuando la consecuencia fuese real y plausible, ejemplo: “Si no venís a ponerte el pijama ahora, no vamos a tener tiempo de leer un cuentito”. A eso lo combinamos con una cuenta de tres: “Voy a contar hasta tres. Si cuando llego a tres no tenes el pijama puesto, no hay cuentito”. Al principio nos costó, pero luego de varias consecuencias, Liila aprendió que hablábamos en serio. Hoy, el 99% del tiempo, solo tengo que decir “a la una…” y ella deja lo que está haciendo.

Bianca, por otro lado, es y siempre ha sido una nena fácil, tranquila. Me refiero a que con ella, uno le pide que deje de hacer algo y deja de hacerlo, no hace falta aplicar ningún método estructurado. Es una nena feliz, como dice mi hermano Fede, esa es su condición permanente. Si, a veces se frustra y le tira el pelo a la hermana cuando no le quiere dar un juguete, pero en general se la pasa cantando, sonriendo y bailando apenas escucha medio ritmo.

La semana pasada nos quedamos solitas las tres porque Dave tuvo que irse a trabajar a Sydney. En general fue mucho más fácil de lo que me imaginaba, salvo por tener que lidiar con la tristeza de Liila, que extrañaba mucho a su papá. Al extrañarlo tanto su comportamiento empeoró un poco.

Una de esas mañanas, Liila estaba recién levantada y chinchuda al ver que su papá todavía no había vuelto. Cada cosa que Bianca agarraba, Liila se la sacaba. Entretanto, yo levantaba ropa del piso, tendía camas, lavaba platos. Otra nena de menos de dos años quizás hubiese llorado, gritando “mami, mami” … Pero no Bianca. Con una calma chicha, escucho que le dice: “No, Liila, basta. A la una…”

 

Independencia

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Liila con Morgan, una de sus amigas con las que hacemos intercambio

Desde que decidimos no mandar a Liila al jardín de infantes: esa semana el martes se quedó a almorzar y a jugar toda la tarde en la casa de una amiga, el miércoles se fue a la casa de otra desde las 10 de la mañana hasta las 3 de la tarde, y el viernes se quedó a comer y jugar en la casa de otra amiga y durmió tres noches seguidas toda la noche en su cama (generalmente se cruza a la nuestra a eso de las 5, mientras la llevábamos al jardín se pasaba a la 1). En ningún momento lloró o pidió estar con su mamá. Muy por el contrario, cuando la dejaba salía corriendo y ni siquiera se daba vuelta para ver si ya me había ido.

En vez del jardín, dos mamás amigas y yo empezamos un esquema de visitas, en el que un dia tengo yo a sus hijas y otro ellas tienen a Liila. Para las mamás que no cuentan con el apoyo de la familia por diferentes motivos, como nosotras, esta amistad y estos pequeños acuerdos son vitales. Nuestros hijos aprenden a ser independientes en un ambiente familiar, con gente que genuinamente los quiere.

La vida me ha demostrado que hice bien en esperar para “institucionalizar” a Liila, y enseñarle a su vez la importancia de la amistad, la familia que uno elige 😉

Canticuénticos

canticuenticosMe enamoré. Perdidamente. Este grupo santafesino hace las canciones más bellas para chicos, ¡con ritmos latinoamericanos! Así que nos instruyen a grandes y a chicos sobre nuestra cultura musical, y dan unas ganas de bailar… voces impecables, letras divertidas, realmente no tienen desperdicio. La favorita total en nuestra casa es “Cumbia del monstruo” (¡gracias, Mary!), como dicen en mi Córdoba natal, ¡un hitazo! En su página web encontrarán muchas canciones más, una más hermosa que la otra. Entre mis preferidas, “Candombo a Marunga” y “Ringdinho”.

Mientras seamos felices…

Primer día de jardín de Liila. La cara lo dice todo.

Primer día de jardín de Liila. La cara lo dice todo.

Llegó el momento de que Liila empiece el jardín. Busqué en el que dos de su mejores amigos podían compartir sala con ella. Debo aclarar que Liila y yo tuvimos la suerte de no necesitar que ella fuese a la guardería, lo cual significa que ella, a los casi 4 años, iba al jardín por primera vez.

Cuando fuimos a la “orientación” ya me decepcioné un poco. Esperaba que las personas que iban a estar a cargo de Liila se presentasen con ella y le demostraran un poco de cariño.

Será que tengo por hermana a la mejor maestra jardinera del mundo. O será que tengo la expectativa muy poco realista de que en esta cultura sajona la kindy teacher se enamore de mi hija y la reciba con un abrazo y un beso. Quizás es que recuerdo claramente tener su edad y negarme a ir a toda guardería a la que se me mandaba – en esta no me gustaba la seño, en aquella los chicos me querían pegar, en la de más allá me aburría – sólo porque quería estar con mi mamá, como si supiera que teníamos contados los días para compartir juntas. La cosa es que ésta experiencia no es difícil solamente para Liila.

Me armé de coraje y sobreviví a la primera separación, a pesar del llanto desgarrador y de la carita de desolación total de mi hija. Tuve que ir a buscarla a la hora, porque la teacher no tuvo la mejor idea que decirle que yo me había ido a Playgroup, que queda al lado. Ella esperó a que saliéramos a jugar al patio pegada a la verja, y apenas me vió salir empezó a gritar “maaaaamiiii” con un hilito de voz que ya lloro y que no entiendo por qué te vas a playgroup con Bianca y me dejás acá sola …

El miércoles fue peor. Me llamó la profesora para decirme que había llorado menos que el lunes, y que me quedase tranquila que ya no estaba llorando más. Aproveché para hacer las mil cosas que el tener a una sola me permite hacer, y fui a buscarla. La sala estaba llena de chicos que comían su almuerzo, charlaban, se reían. Liila estaba sola, en una esquina. Tenía un libro en la mano pero no leía. Sus ojos parecían diques a punto de estallar y me esperaba con la mochila puesta. Quienes conocen a mi hija saben que la imagen de esa nena no es Liila.

Al charlar con la ayudante de la clase me entero que así pasó todo el dia, que no quiso jugar con nadie ni hacer nada. Que a pesar de eso, ella y la teacher se tomaron el break del almuerzo a la vez y Liila quedó sola con adultos que era la primera vez que veía. Que la llevaron a la sala de profesores, llorando, para que ella viera que estaban ahí, que no se habían ido. Que así y todo se quedaron juntas en su break y a pesar de que Liila estaba llorando y que les había dicho que se quería ir a su casa, a mí nadie me llamó.

Después pasaron un par cosas que me harían reflexionar.

El viernes, después de la visita de mi amiga Miriam con su hijo Dan, Liila me pide si se puede ir a la casa de ellos. Con un entusiasmo característico, preparó todo y en dos segundos estaba lista. Ya iba por la esquina cuando le dije “¿me das un beso de chau?”. Su mirada cambió de inmediato. Vino corriendo, se me prendió al cuello y no hubo forma de bajarla.

Cuando hoy Dave le preguntó si quería que él la llevase al jardín mañana, esa mirada volvió, y otra vez el llanto, y otra vez pegada a mi sin consuelo, pidiendo que no, que por favor no quiere ir, que cuando sea más grande. No pude con ella. Decidimos que intentaremos otra vez en un par de meses, quizás en otro jardín.

Siempre supe que la separación iba a ser difícil y traumática. Tampoco me extrañó la frialdad de las teachers de acá, que ni abrazan ni acarician para no demostrar favoritismo. Y no me malinterpreten: amo a Australia, a los australianos, a la vida que llevo acá y a los amigos hermosos que me ha regalado a mí y a mis hijas.

Es el sentirlo como un fracaso lo que me jode. El pensar que dirán, el miedo a ser juzgada como madre. Cuando en realidad está bien, cada chico tiene sus tiempos, y cada madre también. Y cuando encima tenemos que lidiar con diferencias culturales y distancias de nuestras familias que no solo nos contienen emocionalmente a nosotras sino también a nuestros hijos, tenemos que resignarnos a que los parámetros no son los mismos.
Mientras seamos felices…

Maisy

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Especialmente para los más chiquitos (1 o 2 años)  Maisy es una ratoncita que los atrapa con sus ilustraciones, coloridas y simples. Muchos de sus libros tienen lengüetas, troqueles o páginas desplegables lo que los convierten en sus favoritos.

Y lo mejor es que hay mucho de su material disponible en español o en versión bilingüe. Sí, es cierto que a esa edad no importa el idioma del libro porque todavía no leen, pero también son perfectos como primera lectura, así que pueden quedar en la biblioteca por varios años…

Por ejemplo, con Liila (de casi 4) que empieza a tener mucho interés en las letras y en con qué letra empieza cada cosa, vuelven a aparecer los libritos de Maisy. Y lo que más me gusta es que hay un libro para cada unidad temática: opuestos, colores, números, animales, comida, ropa, juguetes, el campo, la granja, el parque, el baño, el clima, la calle, los medios de transporte, la hora, y muchos más.

Bicherío

Para quienes crecieron en mi época, esto va a ser un viaje a la infancia…

getBookImgSi alguna vez tuviste la suerte de que alguien te compre una Humi (yo los tuve a mis hermanos), seguro que sentís la misma pasión que siento yo. Sobre todo me acuerdo de que apenas las tenía en mis manos, no me aguantaba las ganas de leerlas, de tapa a tapa. Lo que más me gustaba era que nos trataba a los chicos como seres pensantes e inteligentes, cosa cada vez más rara en el mundo de la literatura infantil.

Una de mis historietas favoritas era Bicherío. Por eso, cuando encontré la historieta encuadernada, sentí la misma emoción y no pude contener comprarme no una, sino tres. Será la intriga que causa cómo será la vida de los insectos lo que apasiona a los chicos, será el humor con el que están escritas estas historietas o serán los maravillosos dibujos de Tabaré que hace que los bichos sean a la vez encantadores y asquerosos, pero cuando ví a Liila sentada mirando sin parar los dibujos y pidiéndome que se los leyera una y otra vez, supe que la magia no se había perdido.
Historias simples y encantadoras. Entren en el mundo de Bicherío, no se van a arrepentir.

¡A comer!

A comer

La primera vez que le leí este libro a Liila, lloré. Si, yo soy llorona, pero este libro me tocó una fibra muy íntima, me recordó cuánto extraño a mi familia, a las mesas grandes de domingo, a la alegría que genera el simple hecho de estar juntos…

Es una historia hermosa. Celebra la cultura hispana de comer en familia, y tiene las ilustraciones maravillosas de Julie Vivas. Reúne varias unidades de vocabulario: los días de la semana, los lazos familiares, las comidas. No conozco otros libros de esta autora, Ana Zamorano, pero este cuentito tiene todos los ingredientes para ser un favorito, incluyendo la frase que a Liila le encanta repetir: “¡Ay, qué pena!”.

Un buen libro para tener en casa y para regalar a los hijos de nuestras amigas hispanas. ¡A comer!

De vuelta

Las enanas, felices en su reencuentro con Daddy

Las enanas, felices en su reencuentro con Daddy

Perdón, perdón, perdón por el largo silencio. Las razones fueron muchas, la principal el haber estado en Argentina sacándome un muerto de encima y disfrutando muchísimo de la familia y los amigos.

Pasaron muchas cosas, sumé muchas anécdotas y tuve un encuentro más íntimo con mis propias emociones, como me pasa siempre que voy. En un poco como volver a mí misma, acordarme de quién soy.

También tuve la oportunidad de darme el gusto de ir librerías y comprar a troche y moche, con la excusa de las clases y la “bilingualidad” (¿es una palabra?) de mis hijas. Al estar allá descubrí nuevas canciones y series para chicos, así que agárrense que se viene la chorrada de posts con recomendaciones.

Liila y Bianca volvieron, como siempre pasa con los chicos, enormes. Liila es una señorita que ahora logra armar frases en castellano sin tener que recurrir al inglés, y que después de horrorizarse de frases como “se le caen los ojos del sueño” o “se me rompió el corazón”, ha descubierto lo que es una metáfora. Bianca está en la etapa loro parlanchín y dan ganas de comérsela. El hecho de que haya empezado a hablar en Argentina significa que la mayoría de sus palabras son en castellano, con acento argentino, con tonada cordobesa. ¿Qué más puedo pedir? Por ahora habla en segunda persona, lo cual la hace aún más adorable, incluso cuando desde la cuna, a la hora de la siesta, me grita: “¡Nooooo, mamiiiiii! ¡No queréeeeesss! ¡No queréeeeesss nomíiiiiiiiiiid!”.
En fin, gente, hola de vuelta, espero poder hacerme más ratos para escribir seguido, y no veo las horas de reanudar esta conversación cibernética.