Hace dos años

Bianca recien nacida en el pecho de la mama

Bianca, con minutos de nacida

Hace dos años hoy mi vida se completó: Nació mi hermosa Bianca. Desde el primer momento en el que la ví, morí de amor por ella. Pero en aquel entonces no tenía idea de todas las maneras en las que me iba a derretir el corazón. Quiero compartir algunas con ustedes, sobre todo las que se refieren al castellano, porque a los bailes y a las canciones que me regala a diario me falla la literatura para hacerles justicia con la descripción… y a las arrimaditas mimosas, que culminan en un “te amo, mami”, por suerte las compartimos todas las mamás.

Me mata su uso de la segunda persona para referirse a sí misma, por ejemplo: “No querés, mami, no querés pantuflas” (no quiero), o “Te duele, mami” (me duele), o mis favoritos “te hiciste caca” y “te hiciste mocos”, el cual la pobre ha usado mucho últimamente, gracias al invierno de Melbourne. Cuando termino de ponerle un zapato, con la misma entonación con la que yo lo digo, me mira y dice “el oto peeee” (el otro pie). Sus “no puedo hacer, mami” me dan ganas de correr a hacerlo por ella. Y aunque sea en inglés, sus “I did it!” acompañados por la más amplia sonrisa de satisfacción son los momentos en los que me gustaría congelarla, así como está, y que se quede así chiquita, así tan bella, así tan inocente y masticable para siempre, y para siempre conmigo…
No me alcanzan las palabras ni las anécdotas para describir cuánto mejor es mi vida desde que la comparto con ella. Feliz cumpleaños, Bianca Bella y gracias por contagiar a todos con tu interminable alegría…

Bianca con un pincel en la mano y con pintura por todos lados

Bianca Montserrat Webster

Disciplina

Bianca

Bianca Bella, mi duende feliz

 

Yo siempre he sostenido que los hijos vienen a nuestra vida a enseñarnos. Uno juega a que les enseña a ellos, y somos nosotros los enriquecidos.

Desde hace un par de meses, Bianca está en la etapa “loro”, repitiendo todo lo que escucha. Es una delicia verla usar palabras con sentido por primera vez, como cuando mece vigorosamente la sillita en la que se encuentra Manon (de 3 meses) al canto de “¡Darling, darling!”, o cuando se rehusa a ponerse un vestido que yo muero por que use gritando “¡No, no uta mami!”.

Pero lo que sucedió el otro día me demostró que no sólo lingüísticamente la está teniendo muy clara.

Liila, como buena primogénita, nos agarró sin manual y sin experiencia. Con ella, hemos ido decidiendo y haciendo en la marcha, a medida que era necesario, y con la infalibilidad de lo que dice Marina, la mamá de una amiga: “Vení, nena, que te hago un trauma”. Así la desteté, así intentamos disciplinarla. La disciplina fue (y es) un gran desafío, sobre todo por encontrar un método que funcione y con el que uno esté filosóficamente de acuerdo. Después de investigaciones y pruebas, decidimos que el pedirle que deje de hacer algo con una consecuencia tenía sentido, siempre y cuando la consecuencia fuese real y plausible, ejemplo: “Si no venís a ponerte el pijama ahora, no vamos a tener tiempo de leer un cuentito”. A eso lo combinamos con una cuenta de tres: “Voy a contar hasta tres. Si cuando llego a tres no tenes el pijama puesto, no hay cuentito”. Al principio nos costó, pero luego de varias consecuencias, Liila aprendió que hablábamos en serio. Hoy, el 99% del tiempo, solo tengo que decir “a la una…” y ella deja lo que está haciendo.

Bianca, por otro lado, es y siempre ha sido una nena fácil, tranquila. Me refiero a que con ella, uno le pide que deje de hacer algo y deja de hacerlo, no hace falta aplicar ningún método estructurado. Es una nena feliz, como dice mi hermano Fede, esa es su condición permanente. Si, a veces se frustra y le tira el pelo a la hermana cuando no le quiere dar un juguete, pero en general se la pasa cantando, sonriendo y bailando apenas escucha medio ritmo.

La semana pasada nos quedamos solitas las tres porque Dave tuvo que irse a trabajar a Sydney. En general fue mucho más fácil de lo que me imaginaba, salvo por tener que lidiar con la tristeza de Liila, que extrañaba mucho a su papá. Al extrañarlo tanto su comportamiento empeoró un poco.

Una de esas mañanas, Liila estaba recién levantada y chinchuda al ver que su papá todavía no había vuelto. Cada cosa que Bianca agarraba, Liila se la sacaba. Entretanto, yo levantaba ropa del piso, tendía camas, lavaba platos. Otra nena de menos de dos años quizás hubiese llorado, gritando “mami, mami” … Pero no Bianca. Con una calma chicha, escucho que le dice: “No, Liila, basta. A la una…”

 

Independencia

P1060526

Liila con Morgan, una de sus amigas con las que hacemos intercambio

Desde que decidimos no mandar a Liila al jardín de infantes: esa semana el martes se quedó a almorzar y a jugar toda la tarde en la casa de una amiga, el miércoles se fue a la casa de otra desde las 10 de la mañana hasta las 3 de la tarde, y el viernes se quedó a comer y jugar en la casa de otra amiga y durmió tres noches seguidas toda la noche en su cama (generalmente se cruza a la nuestra a eso de las 5, mientras la llevábamos al jardín se pasaba a la 1). En ningún momento lloró o pidió estar con su mamá. Muy por el contrario, cuando la dejaba salía corriendo y ni siquiera se daba vuelta para ver si ya me había ido.

En vez del jardín, dos mamás amigas y yo empezamos un esquema de visitas, en el que un dia tengo yo a sus hijas y otro ellas tienen a Liila. Para las mamás que no cuentan con el apoyo de la familia por diferentes motivos, como nosotras, esta amistad y estos pequeños acuerdos son vitales. Nuestros hijos aprenden a ser independientes en un ambiente familiar, con gente que genuinamente los quiere.

La vida me ha demostrado que hice bien en esperar para “institucionalizar” a Liila, y enseñarle a su vez la importancia de la amistad, la familia que uno elige 😉

Mientras seamos felices…

Primer día de jardín de Liila. La cara lo dice todo.

Primer día de jardín de Liila. La cara lo dice todo.

Llegó el momento de que Liila empiece el jardín. Busqué en el que dos de su mejores amigos podían compartir sala con ella. Debo aclarar que Liila y yo tuvimos la suerte de no necesitar que ella fuese a la guardería, lo cual significa que ella, a los casi 4 años, iba al jardín por primera vez.

Cuando fuimos a la “orientación” ya me decepcioné un poco. Esperaba que las personas que iban a estar a cargo de Liila se presentasen con ella y le demostraran un poco de cariño.

Será que tengo por hermana a la mejor maestra jardinera del mundo. O será que tengo la expectativa muy poco realista de que en esta cultura sajona la kindy teacher se enamore de mi hija y la reciba con un abrazo y un beso. Quizás es que recuerdo claramente tener su edad y negarme a ir a toda guardería a la que se me mandaba – en esta no me gustaba la seño, en aquella los chicos me querían pegar, en la de más allá me aburría – sólo porque quería estar con mi mamá, como si supiera que teníamos contados los días para compartir juntas. La cosa es que ésta experiencia no es difícil solamente para Liila.

Me armé de coraje y sobreviví a la primera separación, a pesar del llanto desgarrador y de la carita de desolación total de mi hija. Tuve que ir a buscarla a la hora, porque la teacher no tuvo la mejor idea que decirle que yo me había ido a Playgroup, que queda al lado. Ella esperó a que saliéramos a jugar al patio pegada a la verja, y apenas me vió salir empezó a gritar “maaaaamiiii” con un hilito de voz que ya lloro y que no entiendo por qué te vas a playgroup con Bianca y me dejás acá sola …

El miércoles fue peor. Me llamó la profesora para decirme que había llorado menos que el lunes, y que me quedase tranquila que ya no estaba llorando más. Aproveché para hacer las mil cosas que el tener a una sola me permite hacer, y fui a buscarla. La sala estaba llena de chicos que comían su almuerzo, charlaban, se reían. Liila estaba sola, en una esquina. Tenía un libro en la mano pero no leía. Sus ojos parecían diques a punto de estallar y me esperaba con la mochila puesta. Quienes conocen a mi hija saben que la imagen de esa nena no es Liila.

Al charlar con la ayudante de la clase me entero que así pasó todo el dia, que no quiso jugar con nadie ni hacer nada. Que a pesar de eso, ella y la teacher se tomaron el break del almuerzo a la vez y Liila quedó sola con adultos que era la primera vez que veía. Que la llevaron a la sala de profesores, llorando, para que ella viera que estaban ahí, que no se habían ido. Que así y todo se quedaron juntas en su break y a pesar de que Liila estaba llorando y que les había dicho que se quería ir a su casa, a mí nadie me llamó.

Después pasaron un par cosas que me harían reflexionar.

El viernes, después de la visita de mi amiga Miriam con su hijo Dan, Liila me pide si se puede ir a la casa de ellos. Con un entusiasmo característico, preparó todo y en dos segundos estaba lista. Ya iba por la esquina cuando le dije “¿me das un beso de chau?”. Su mirada cambió de inmediato. Vino corriendo, se me prendió al cuello y no hubo forma de bajarla.

Cuando hoy Dave le preguntó si quería que él la llevase al jardín mañana, esa mirada volvió, y otra vez el llanto, y otra vez pegada a mi sin consuelo, pidiendo que no, que por favor no quiere ir, que cuando sea más grande. No pude con ella. Decidimos que intentaremos otra vez en un par de meses, quizás en otro jardín.

Siempre supe que la separación iba a ser difícil y traumática. Tampoco me extrañó la frialdad de las teachers de acá, que ni abrazan ni acarician para no demostrar favoritismo. Y no me malinterpreten: amo a Australia, a los australianos, a la vida que llevo acá y a los amigos hermosos que me ha regalado a mí y a mis hijas.

Es el sentirlo como un fracaso lo que me jode. El pensar que dirán, el miedo a ser juzgada como madre. Cuando en realidad está bien, cada chico tiene sus tiempos, y cada madre también. Y cuando encima tenemos que lidiar con diferencias culturales y distancias de nuestras familias que no solo nos contienen emocionalmente a nosotras sino también a nuestros hijos, tenemos que resignarnos a que los parámetros no son los mismos.
Mientras seamos felices…

De vuelta

Las enanas, felices en su reencuentro con Daddy

Las enanas, felices en su reencuentro con Daddy

Perdón, perdón, perdón por el largo silencio. Las razones fueron muchas, la principal el haber estado en Argentina sacándome un muerto de encima y disfrutando muchísimo de la familia y los amigos.

Pasaron muchas cosas, sumé muchas anécdotas y tuve un encuentro más íntimo con mis propias emociones, como me pasa siempre que voy. En un poco como volver a mí misma, acordarme de quién soy.

También tuve la oportunidad de darme el gusto de ir librerías y comprar a troche y moche, con la excusa de las clases y la “bilingualidad” (¿es una palabra?) de mis hijas. Al estar allá descubrí nuevas canciones y series para chicos, así que agárrense que se viene la chorrada de posts con recomendaciones.

Liila y Bianca volvieron, como siempre pasa con los chicos, enormes. Liila es una señorita que ahora logra armar frases en castellano sin tener que recurrir al inglés, y que después de horrorizarse de frases como “se le caen los ojos del sueño” o “se me rompió el corazón”, ha descubierto lo que es una metáfora. Bianca está en la etapa loro parlanchín y dan ganas de comérsela. El hecho de que haya empezado a hablar en Argentina significa que la mayoría de sus palabras son en castellano, con acento argentino, con tonada cordobesa. ¿Qué más puedo pedir? Por ahora habla en segunda persona, lo cual la hace aún más adorable, incluso cuando desde la cuna, a la hora de la siesta, me grita: “¡Nooooo, mamiiiiii! ¡No queréeeeesss! ¡No queréeeeesss nomíiiiiiiiiiid!”.
En fin, gente, hola de vuelta, espero poder hacerme más ratos para escribir seguido, y no veo las horas de reanudar esta conversación cibernética.

La primera Frase de Bianca

P1050129

Bianca Belle

Liila, como su mamá, habla mucho. Habla sin saber si la escuchan, habla hasta cuando no sabe más de que hablar. Sobre todo, quiere llamar mi atención. Mi vida es un constante bombardeo:

-¡Mirá, mami, mirá lo que hago!
-¡Mami, mirá lo que hace Gordon! (nuestro gato)
-¡Un avión, mami, un avión!
-¡Mirá como leo este libro!
-¡Mirá como bailo “silly”!
-¡Mami, mirá como hago que la bebé se ría!
-¡Mami, Bianca dijo “tetatatu”!

Podría seguir, pero soy penosamente consciente de la falta de real interés que despiertan esas frases. Mi respuesta única y rápida, la cual trato de variar con entonaciones y caras es: “¡Qué loca!”

Por otro lado, Bianca recién se larga con esto de hablar. Ya dice varias palabras, entre otras: “no” (su respuesta favorita a cualquier pregunta), “pato” (zapato), “caca”, “pupo”, “pis”, “agüita”, “chiquita”, “co-con” (pop corn) y el muy útil “MIIIINE”. A eso se le suma una palabra que vaya a saber de dónde salió, “magadá”, que repite todo el día y que significa “dame” y es también como llama a su mantita favorita. Me mató de amor el día que le pregunté dónde estaba su zapato y me contestó: “¡Acatá!”, pero no lo consideré una frase, más bien una palabra hecha de palabras apegotonadas. Muchas veces me preguntaba cuál sería su primera frase, qué palabras combinaría por primera vez.

Un día, estábamos en el parque con Bianca, Liila y su amiguita Kirsty. Kirsty y Liila fueron cortadas con la misma tijera, por eso se aman y se pelean apasionadamente. Bianca y yo comíamos algo sentadas en un banco mientras las otras dos corrían de acá para allá, se subían a todo, se perseguían. De pronto, comenzó el concierto: “Look, mami, look what I can do!”; “Look, Gaby, I can do it also!”; “Look at me, mami, look at me!”; “Look, Gaby, look!”. En eso Bianca se da vuelta, me mira, y con cara de aburrimiento me dice, clarito como el agua: “¡Qué loca!”. Morí de orgullo. No sólo su primera frase fue en castellano, sino que la combinó con su primera incursión al sarcasmo.

P1050135

Kirsty y Liila, haciendo sus acrobacias