Otro sobre familias bilingües

En éste artículo no hay mucho que no se haya dicho antes pero siempre va bien leerlos y encontrar nuevas ideas…

Anuncios

¿El sexo qué?

Es lunes. Ayer volvimos a casa del hospital con Matilda. En medio del caos del adaptarnos a ser una familia de cinco, logro robar cinco minutos para mí, para darme una ducha. En mi baño, en mi casa.

Toda madre sabe que una ducha, lo que para todo mortal es algo rutinario y hasta tedioso, una vez que hay niños dando vueltas se convierte en un lujo, en tiempo “para una”: El agua caliente corre por mi cuerpo y yo me quedo quietita, disfrutando el masaje.

Al salir, por primera vez en unas semanas, puedo secarme los pies sin ayuda. Distraída me seco el resto del cuerpo, hasta que descubro mi reflejo en el espejo del botiquín. Examino mi imagen de a poco, ese cuerpo que es mío pero al que le han pasado tantas cosas que parece ajeno, como si fuese un cuerpo alquilado mientras ocurre la metamorfosis de embarazada a puérpera, de puérpera a mujer normal. Mis pies nunca estuvieron tan hinchados. De ellos crecen mis pantobillos, o tobirrillas (¿cuál sería la mejor traducción de “canckles”?) seguidos por mis muslos, en los que descubro los pinchazos del anticoagulante que me inyectaban en el hospital cada noche. Justo arriba de mi pubis, como la sonrisa de Frankenstein, aparece mi herida, de muslo a muslo. Esta es particularmente grotesca, ya que no me la suturaron con puntos invisibles, sino que me la “unieron” con unos broches metálicos muy similares a los de una abrochadora.  Al verla, vuelve la sensación de tironeo, de sacudón, vuelven las imágenes que filmó Dave de la carita de Matilda asomándose, mientras alguien casi literalmente me saltaba encima para ayudar a que salga el resto de su cuerpecito… Sobre el corte, mi vientre inerte, flácido, con mis entrañas todavía inflamadas y revueltas. Ese vientre que fue objeto de tanta atención, mimos, besos, al que yo vestía para que se note y que me llenaba de orgullo.  Ese vientre desde el cual compartía el secreto de los bailes Matilda, que aunque ya al final se hubiesen hecho dolorosos por falta de espacio, siempre me llenaban de amor y alivio. Ahora es un saco vacío, al que lucho por esconder de alguna manera con ropa suelta. Sobre el vientre, mis pechos. Siempre fui “pechugona”, pero esto ya es ridículo: mis tetas tienen cinco veces el tamaño de la cabeza de la bebé. Pero lo peor no es su peso, sino el sentirlos afiebrados, doloridos y sensibles. Mis brazos parecen ser el único vestigio de mi antiguo cuerpo, hasta mi cara tiene granos provocados por las drogas.

Hace un rato mi cuerpo estaba creando a otra persona. Y desde entonces le está y le estará proveyendo sustento.

Y no puedo dejar de preguntarme como sucedió, de dónde viene, a quién se le ocurrió la ridiculez de describirnos como el sexo débil…

El Ghetto

Así le llama la Leti a nuestro grupete de Argentinos… no somos la primer cultura que lo inventamos ni la única que lo necesita, pero hay que decirlo: es fundamental para sobrevivir la vida (sobre todo con hijos) en extrangia.

Cuando yo llegué a Melbourne, allá por el 2009, me sentí muy en casa desde un principio. Después de 5 años en Inglaterra, en donde SIEMPRE me sentí sapo de otro pozo, aterricé en el oeste del Wesgate, en donde mi multiculturalidad no sólo no era un problema, sino que además generaba simpatía y curiosidad. Mis primeras amigas fueron australianas, norteamericanas, canadienses… hermosas todas y me ayudaron a sobrevivir ese primer año de recién llegada con una beba de 6 meses. Después nos mudamos de barrio, conocí a más mujeres y familias hermosas, escocesas, galesas, irlandesas, australianas… y alguna que otra familia latina, pero que hace muchos años que viven acá y entre ellos y a sus hijos ya les hablan en inglés, penita pena.

Pero no fue sino hasta que María, la mamá de Leti, vino a iluminarme una clase de español de las que yo daba en Pampered Mummies que no terminé de sentirme en casa. Ella venía con su nieta, la bella Rocío, y se acercó a hablarme después de la clase. No cupe en mi de la alegría cuando me dijo que si hija no sólo era argentina, sino cordobesa, casada con un cordobés, y con amigos cordobeses… pero incluso entonces no sabía lo indispensable que se me iba a hacer este grupo, no sólo para mí, sino para las nenas.

El tener un grupo de gente al que hay muchas cosas que no hace falta explicarles. El que el beso y el abrazo sean parte del hola que tal. El que la desesperación por el mate calentito se sienta apenas nos sentamos a charlar. El que sea normal verse a diario, si se da el caso.  Que se pueda moquear si da hablar de algo que duele, y que no te miren raro. El que cualquier charla sea motivo para empezar a cantar y bailar canciones de Luis Miguel o Palito Ortega del año del jopo, o jingles de Tubby 3 y Tubby 4. Que no haga falta pedir favores porque te ofrecen lo que te hace falta antes de que puedas pedirlo. El que los adultos jueguen con los chicos (mejor dicho, las chicas, ¡todos tenemos nenas!) como hay que jugar, desde un punto de vista de chico, desde el piso y haciendo el pavo. Escucharlas jugar en castellano, y a veces hasta con tonada cordobesa. Que tengamos amor suficiente para enseñarles cosas y preocuparnos por hijos ajenos como si fueran propios. Que nuestras hijas no vean las horas de jugar juntas. Ver que mis hijas se “enamoran” de un papá argentino. Y que me digan, apenitas dejamos al grupo en el parque, “Mami, cuándo vamos a ver a los argentinos de nuevo?”

Desde que conocí a Leti y al resto de los del grupo siento por fin que tengo familia australiana. Y eso no tiene precio. Hasta me aceptan que tenga marido gringo. Hemos dejado que se infiltren al grupo algunos porteños (qué le vamos a hacer, son muchos y algunos hasta se dejan querer y ceban mates ricos). Me pregunto si María sabe el impacto que tuvo en mi vida. Les debo taaanto a todos… y lo recomiendo. Si vivís en extrangia y no tenes un ghetto todavía, hacete de uno. Si no lo hacés por vos, hacelo por el español de tus hijos: nada más estimulante para hablar un idioma que hacerse amigos que lo hablan.

Las mujeres del ghetto

Las mujeres del Ghetto (menos Mariana) mujereando por Daylesford hace unas semanas

Disciplina

Bianca

Bianca Bella, mi duende feliz

 

Yo siempre he sostenido que los hijos vienen a nuestra vida a enseñarnos. Uno juega a que les enseña a ellos, y somos nosotros los enriquecidos.

Desde hace un par de meses, Bianca está en la etapa “loro”, repitiendo todo lo que escucha. Es una delicia verla usar palabras con sentido por primera vez, como cuando mece vigorosamente la sillita en la que se encuentra Manon (de 3 meses) al canto de “¡Darling, darling!”, o cuando se rehusa a ponerse un vestido que yo muero por que use gritando “¡No, no uta mami!”.

Pero lo que sucedió el otro día me demostró que no sólo lingüísticamente la está teniendo muy clara.

Liila, como buena primogénita, nos agarró sin manual y sin experiencia. Con ella, hemos ido decidiendo y haciendo en la marcha, a medida que era necesario, y con la infalibilidad de lo que dice Marina, la mamá de una amiga: “Vení, nena, que te hago un trauma”. Así la desteté, así intentamos disciplinarla. La disciplina fue (y es) un gran desafío, sobre todo por encontrar un método que funcione y con el que uno esté filosóficamente de acuerdo. Después de investigaciones y pruebas, decidimos que el pedirle que deje de hacer algo con una consecuencia tenía sentido, siempre y cuando la consecuencia fuese real y plausible, ejemplo: “Si no venís a ponerte el pijama ahora, no vamos a tener tiempo de leer un cuentito”. A eso lo combinamos con una cuenta de tres: “Voy a contar hasta tres. Si cuando llego a tres no tenes el pijama puesto, no hay cuentito”. Al principio nos costó, pero luego de varias consecuencias, Liila aprendió que hablábamos en serio. Hoy, el 99% del tiempo, solo tengo que decir “a la una…” y ella deja lo que está haciendo.

Bianca, por otro lado, es y siempre ha sido una nena fácil, tranquila. Me refiero a que con ella, uno le pide que deje de hacer algo y deja de hacerlo, no hace falta aplicar ningún método estructurado. Es una nena feliz, como dice mi hermano Fede, esa es su condición permanente. Si, a veces se frustra y le tira el pelo a la hermana cuando no le quiere dar un juguete, pero en general se la pasa cantando, sonriendo y bailando apenas escucha medio ritmo.

La semana pasada nos quedamos solitas las tres porque Dave tuvo que irse a trabajar a Sydney. En general fue mucho más fácil de lo que me imaginaba, salvo por tener que lidiar con la tristeza de Liila, que extrañaba mucho a su papá. Al extrañarlo tanto su comportamiento empeoró un poco.

Una de esas mañanas, Liila estaba recién levantada y chinchuda al ver que su papá todavía no había vuelto. Cada cosa que Bianca agarraba, Liila se la sacaba. Entretanto, yo levantaba ropa del piso, tendía camas, lavaba platos. Otra nena de menos de dos años quizás hubiese llorado, gritando “mami, mami” … Pero no Bianca. Con una calma chicha, escucho que le dice: “No, Liila, basta. A la una…”