Mientras seamos felices…

Primer día de jardín de Liila. La cara lo dice todo.

Primer día de jardín de Liila. La cara lo dice todo.

Llegó el momento de que Liila empiece el jardín. Busqué en el que dos de su mejores amigos podían compartir sala con ella. Debo aclarar que Liila y yo tuvimos la suerte de no necesitar que ella fuese a la guardería, lo cual significa que ella, a los casi 4 años, iba al jardín por primera vez.

Cuando fuimos a la “orientación” ya me decepcioné un poco. Esperaba que las personas que iban a estar a cargo de Liila se presentasen con ella y le demostraran un poco de cariño.

Será que tengo por hermana a la mejor maestra jardinera del mundo. O será que tengo la expectativa muy poco realista de que en esta cultura sajona la kindy teacher se enamore de mi hija y la reciba con un abrazo y un beso. Quizás es que recuerdo claramente tener su edad y negarme a ir a toda guardería a la que se me mandaba – en esta no me gustaba la seño, en aquella los chicos me querían pegar, en la de más allá me aburría – sólo porque quería estar con mi mamá, como si supiera que teníamos contados los días para compartir juntas. La cosa es que ésta experiencia no es difícil solamente para Liila.

Me armé de coraje y sobreviví a la primera separación, a pesar del llanto desgarrador y de la carita de desolación total de mi hija. Tuve que ir a buscarla a la hora, porque la teacher no tuvo la mejor idea que decirle que yo me había ido a Playgroup, que queda al lado. Ella esperó a que saliéramos a jugar al patio pegada a la verja, y apenas me vió salir empezó a gritar “maaaaamiiii” con un hilito de voz que ya lloro y que no entiendo por qué te vas a playgroup con Bianca y me dejás acá sola …

El miércoles fue peor. Me llamó la profesora para decirme que había llorado menos que el lunes, y que me quedase tranquila que ya no estaba llorando más. Aproveché para hacer las mil cosas que el tener a una sola me permite hacer, y fui a buscarla. La sala estaba llena de chicos que comían su almuerzo, charlaban, se reían. Liila estaba sola, en una esquina. Tenía un libro en la mano pero no leía. Sus ojos parecían diques a punto de estallar y me esperaba con la mochila puesta. Quienes conocen a mi hija saben que la imagen de esa nena no es Liila.

Al charlar con la ayudante de la clase me entero que así pasó todo el dia, que no quiso jugar con nadie ni hacer nada. Que a pesar de eso, ella y la teacher se tomaron el break del almuerzo a la vez y Liila quedó sola con adultos que era la primera vez que veía. Que la llevaron a la sala de profesores, llorando, para que ella viera que estaban ahí, que no se habían ido. Que así y todo se quedaron juntas en su break y a pesar de que Liila estaba llorando y que les había dicho que se quería ir a su casa, a mí nadie me llamó.

Después pasaron un par cosas que me harían reflexionar.

El viernes, después de la visita de mi amiga Miriam con su hijo Dan, Liila me pide si se puede ir a la casa de ellos. Con un entusiasmo característico, preparó todo y en dos segundos estaba lista. Ya iba por la esquina cuando le dije “¿me das un beso de chau?”. Su mirada cambió de inmediato. Vino corriendo, se me prendió al cuello y no hubo forma de bajarla.

Cuando hoy Dave le preguntó si quería que él la llevase al jardín mañana, esa mirada volvió, y otra vez el llanto, y otra vez pegada a mi sin consuelo, pidiendo que no, que por favor no quiere ir, que cuando sea más grande. No pude con ella. Decidimos que intentaremos otra vez en un par de meses, quizás en otro jardín.

Siempre supe que la separación iba a ser difícil y traumática. Tampoco me extrañó la frialdad de las teachers de acá, que ni abrazan ni acarician para no demostrar favoritismo. Y no me malinterpreten: amo a Australia, a los australianos, a la vida que llevo acá y a los amigos hermosos que me ha regalado a mí y a mis hijas.

Es el sentirlo como un fracaso lo que me jode. El pensar que dirán, el miedo a ser juzgada como madre. Cuando en realidad está bien, cada chico tiene sus tiempos, y cada madre también. Y cuando encima tenemos que lidiar con diferencias culturales y distancias de nuestras familias que no solo nos contienen emocionalmente a nosotras sino también a nuestros hijos, tenemos que resignarnos a que los parámetros no son los mismos.
Mientras seamos felices…

iPotty

Pensar que yo me traumo con la cantidad de horas que dejo que Liila vea la tele… ¡y hay padres que verán esto como una bendición e irán corriendo a comprarlo! Sinceramente creo que, bilingües o no, esta nueva generación va a tener serios problemas para entretenerse sin tener la cara enterrada en una pantalla. Check it out: iPotty

La enojada

Era sábado. Después de una semana larguísima, con Bianca con fiebre y mil cosas que hacer antes de navidad, yo no veía las horas de que fuera sábado. Pero tal son las cosas que Dave me mareó con “tener que ir a llenar la garrafa del asador y poner nafta al auto” y ahí estaba yo otra vez: sola, en casa, atendiendo a las nenas. En sábado.

No me malinterpreten: amo a mis hijas. Pero estoy con ellas absolutamente todos los días a todas horas, y justamente porque las amo necesito recreítos de ellas, para cargarme las pilas y volver a tenerles paciencia…

Para sumar al clima de mi mala onda, Liila había tenido un cumpleaños el día anterior, lo que significa torta + caramelos + papas fritas + galletas + gaseosa= pasada de vueltas, increíblemente sensible, demandante…

Liila: -Mami, quiero hacer pis.

Yo (con la escoba en la mano, barriendo los restos de almuerzo de Bianca): -Bueno, dame un segundo.

Liila: -¡Es que me hago!

Yo (largando la escoba): -Bueno, vamos.

Liila: -¡No mami, por ahí no!

(Resulta que en mi casa se puede ir al baño por el lavadero o pasando por la cocina y el pasillo, yo estaba cerca del lavadero y Liila también, pero a ella se le puso que había que ir por el otro lado)

Yo: -Hija, es exactamente lo mismo.

Liila (con los ojos vidriosos de lágrimas): ¡No mami, no es lo mismo, por allá, quiero ir por allá!

Yo: -Bueno, andá vos por allá y yo voy por acá.

Liila: -¡No, las dos, conmigo mami!

En eso viene Bianca, con una bota de goma de Liila en un pie y la esencia de vainilla en la mano. Al ver que yo estoy “ocupada” decide ir al patio.

Yo: -Amor, es exactamente lo mismo, estamos a dos pasos…

Liila (llorando, como si esta situación fuera lo peor del mundo): -¡No es lo mismo, por el lado largo, mami, por el lado largo!

Por el rabillo del ojo veo que Bianca está al lado de la piletita con agua, metiendo apenas los deditos.

Yo (respirando MUY hondo): -Está bien, hija, vamos, pero rápido. ¡Bianca, vení con nosotras, que no quiero que te mojes!

Bianca, por supuesto, hace como que no me escuchó. Llegamos al baño, y me preparo para sentar a Liila en el inodoro.

Liila (ahora llorando desconsoladamente): -¡No, mami, en el inodoro no! ¡En la pelela!

La pelela, señoras y señores, estaba en el lavadero, en donde estábamos nosotras dos minutos antes, discutiendo qué camino tomar hacia el baño. Contando hasta diez, voy al lavadero a buscar la pelela. Por la ventana veo que Bianca agarró una de las regaderitas de plástico, que estaba en la piletita, y con cara de experimento, vaciaba su contenido en su vestido.

En ese preciso momento, Liila, llorando: -¡Mami, dale, la pelela!

Yo (gritando y perdiendo la poca compostura que me quedaba): -¡Acá tenés la pelela! ¡Hacé pis y dejame en paz!

La dejé meando y me fui a buscar a Bianca que para este entonces estaba empapada. La cambié y la dejé jugando con cosas secas en su pieza. Cuando volví al baño, Liila estaba todavía sentada en la pelela. Un poco mas calma, le pregunto si terminó y me dice que si. La limpié. Me voy a lavar las manos y en eso me doy cuenta de que Liila me mira, paradita al lado de la pelela.

Yo: -¿Qué pasa, hija?

Liila: -Mami, ¿se te fué la enojada?

Y así como vino, la enojada se fue. Y volví yo a darle un abrazo a mi hija. Y mientras la abrazaba pensaba que no, esta vez no valía la pena corregirla.

Cava y chocolate

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Las bellas durmientes

En noches como la de hoy, la única forma de sobrevivir es darle al cava y al chocolate.

Después de haber pasado una semana en lo de mi suegra amontonadísimos en su casa de 3 dormitorios (9 adultos, 2 nenas, 2 bebas de un año, un perro y un gato) no es de sorprenderse que mis hijas tengan su reloj biológico completamente confundido. La emoción y la anticipación de la navidad fue la primera razón por la cual se quedaron despiertas hasta las tantas. De ahí en más fue como una competición, a ver cuál de las cuatro se quedaba despierta hasta más tarde.

Durante esos días que no estábamos en casa y que estaban disfrutando de la atención de las tías y de los juegos con las primas, Dave y yo no nos preocupamos mucho por mantener el horario de ir a la cama, pero ahora que ya volvimos, las trasnochadas de las enanas me están volviendo loca… y el hecho de que hoy hizo 43 grados de calor – sin exagerar –  y la pieza de las nenas es un sauna tampoco ayuda.

Las experiencias de estas últimas noches me hicieron pensar, y me tuve que reír de mi misma. Cuando estaba embarazada de Liila, le decía a todo aquel que quisiese escuchar que yo, al venir de Argentina y tener una cultura en la que los niños se van a dormir cuando tienen sueño, y salen con sus padres a restaurantes y se quedan despiertos hasta las dos de la mañana, iba a resistirme a las costumbres sajonas y no pensaba seguir ninguna “bedtime routine”, ya que me parecía que tenia más que ver con que los padres querían tener tiempo sin sus hijos que con la necesidad de dormir de los chicos… ¡la de idioteces que uno dice como madre primeriza, la de palabras que tiene que comerse!

Mis hijas comen a las 6, entre las 6:30 y las 7 se dan un baño o una ducha, después 2 cuentitos, cepillado de dientes, pis y a la cama a las 7:30 u 8 a más tardar. Más rutinario imposible, más sajón ponele gravy. Y en cuanto a necesitar tiempo sin mis hijas, yo las amo mas que a nada en esta tierra, pero si no fuera por esas dos o tres horitas sin ellas cada noche no quiero ni pensar lo que sería de mi salud mental (y no es que esté requete saludable mi mente, justamente).

Volviendo a esta noche, después de muchos intentos (vuelta en el auto, una en su pieza y la otra en la nuestra, las dos solas en su pieza, etc., etc.) logré que la menor se durmiera, pero la tengo a Liila acostada al lado mío en el sillón, mirando la tele sin sonido. Y casi al borde de la locura, le doy al cava, y cuando Liila no mira, al chocolate.

Y me pregunto: ¿Cómo hacen las mamás en Latinoamérica, en España, en Italia, en todos los países latinos para sobrevivir a las trasnochadas de sus hijos?

La única respuesta que encontré hasta ahora es que tienen la ayuda de la familia y de los amigos, que aman a sus hijos “infinito” (como dice el hijo de unos amigos míos muy queridos) y que les sacan a los hijos de las manos, los llevan al cine, juegan con ellos, les enseñan monerías… y nosotras acá, en esta extrangia, solitas, tenemos que apechugar y pelearla. Y a veces en esa lucha les robamos un poco de cultura materna y adoptamos la costumbre que nos ayude a mantener la cordura…

Daddy

Daddy

Las familias bilingües vienen en muchos formatos. La nuestra tiene un Daddy. Eso significa que, si bien mis hijas hablan castellano conmigo casi todo el día, una vez que Daddy llega a casa, el inglés llega también, y nuestro idioma familiar es, muy a mi pesar, inglés.

Yo debería haber anticipado este obstáculo. Cuando Dave y yo nos conocimos el no hablaba nada de castellano, y desde muy temprano me dí cuenta de que los idiomas no eran lo suyo: su interés era más que nada cosas que no se pueden repetir en frente de menores, y le encantaba inventar un idioma medio, que solo yo, que vivía con él y me conocía todos sus chistes de memoria, podía entender. Su primer frase gramaticalmente correcta en castellano fue: “Me gustan tus tetas”, seguido por “la mejor mujer del mundo” (frase que usa al día de hoy con frecuencia, cuando necesita congraciarse conmigo). Su momento de más orgullo fue cuando logró unir su palabra favorita del castellano con el show de De La Guarda que acabábamos de ver: “Analmente con Fuerzabruta“. Pero la mayoría del tiempo su castellano es ininteligible, como por ejemplo cuando describe algo muy fácil como “el pedazo de la torta”  (a piece of cake), o cuando quiere avergonzarme llamándome “pedorra pantalones” (farty pants). Lo obligué a hacer uno de mis cursos de español y dos trimestres más tarde lo tuve que echar porque no hacía la tarea y se la pasaba haciéndose el gracioso.

Todo esto no tendría la mas mínima implicancia si no fuera porque hoy, casi 10 años después, me encuentro envidiando a mis amigas de maridos hispanoparlantes, en cuyas familias el castellano es el idioma en el que hablan naturalmente…

Cuando Liila nació, como buena madre primeriza tenía mil ideas respecto de cómo serían las cosas, y una de ellas es que yo le hablaría exclusivamente en castellano, y que de esa manera Dave aprendería también. La vida vino a demostrarme que eso no era posible: si bien Dave empezó a entender mucho más, también empezó a inventar mucho más, y apenas nos encontramos con la tarea de disciplinar a Liila me dí cuenta de que hablo muuuuuuucho más inglés del que me gustaría, para asegurarme que Dave y yo pongamos las mismas pautas …

Muchas veces me pregunto cuánto va a afectar todo esto al castellano de mis hijas. No puedo cambiar a Dave, pero si puedo hacer que me apoye en ésto que es tan importante para los dos: que nuestras hijas hablen castellano como yo. El más que nadie sabe lo difícil que es aprender otro idioma de grande, y puede ver las puertas que el ser bilingüe me abrió en mi vida. Si bien puede que mis hijas el día de mañana me digan “mami, hay mucho ventito” (viento en Dave), tengo que valorar el marido que se banca viajar una hora y media a la casa de su mamá escuchando El Sapo Pepe por el futuro de sus hijas.